Radio Pudahuel
En Radio Pudahuel nos encanta conectar con las historias de nuestra gente, esas que nos hacen reír y también ponernos colorados de la pura vergüenza.
Durante una reciente jornada cargada de humor, nuestra querida Ángeles Araya abrió las líneas para que los auditores confesaran su mayor desubicada o condorazo. Sin embargo, nadie en el estudio estaba preparado para el relato de un ex trabajador del transporte público que dejó a todos impactados.
Nuestro auditor recordó con algo de pudor sus tiempos al volante de las recordadas micros amarillas.
En un momento de supuesta soledad mientras conducía, decidió relajarse más de la cuenta sin imaginar lo que vendría.
“Una vez se me salió un ruido de esos de dudosa reputación, ya yo pensando que no había nadie”, relató a nuestra Ángeles. La gran sorpresa vino cuando miró el espejo retrovisor y descubrió que una señora había estado ahí todo el tiempo, justo detrás de su asiento. “¿Me abre la puerta, por favor? Me bajo aquí”, fue la frase de la pasajera que selló el vergonzoso momento.
Deslices familiares y confusiones en la feria
Pero las confesiones no terminaron ahí, porque el sentimiento de querer que la tierra te trague es algo que muchos auditores han vivido.
Otro auditor relató cómo arruinó un secreto familiar sagrado durante una comida en casa de su suegro. Su cuñada les había confiado que estaba embarazada, pero él, entre plato y plato, lanzó la pregunta fatal frente a toda la mesa: “Oye, Nico, ¿y cuántos meses tenían?”.
El puntapié de su señora por debajo de la mesa fue instantáneo, confirmando que la había embarrado de manera monumental.
En último lugar, la feria también ha sido escenario de chascarros que muchos preferirían olvidar.
Una trabajadora confesó que, intentando vender unos pantalones a una pareja, le sugirió una talla a la mujer diciéndole que “le queda mejor a su hijo”, sin saber que en realidad era su marido.
“No, es mi pareja, es mi marido”, le respondieron secamente para su total sorpresa.
Otra situación muy incómoda fue la de una feriante que le envió saludos a la madre de unos caseros: “¿Y su mamita? Mándele muchos saludos”, dijo ella con amabilidad. Sin embargo, recibió la dura noticia de que la señora ya no estaba con ellos. “Mi mamá falleció”.
Sin duda, estas historias nos recuerdan que a cualquiera se le puede soltar la lengua en el momento menos indicado.