Agencia UNO
Intercambios masivos en plazas, quiebres de stock en quioscos y un tsunami de videos virales en TikTok por la fiebre del álbum del Mundial de Fútbol.
¿Qué hay detrás de esta obsesión colectiva? Javier Piñeiro, psicólogo social del deporte de la Universidad UNIACC, desclasificó los factores psicológicos y emocionales que gatillaron esta «locura» colectiva.
Adrenalina por la fiebre del álbum del mundial
De acuerdo al especialista, el formato del juego está diseñado para capturar la atención de nuestro cerebro a través de la incertidumbre.
“El álbum utiliza muy bien la lógica del refuerzo intermitente: nunca sabes qué lámina te tocará, y esa incertidumbre genera anticipación, emoción y motivación por seguir comprando sobres”, detalla Piñeiro.
Asimismo, en el caso de los más jóvenes, el álbum opera como una poderosa moneda de cambio social en los colegios.
Las láminas difíciles se convierten en capital simbólico: quien tiene las más codiciadas o está más cerca de completarlo adquiere de inmediato reconocimiento, respeto y estatus entre sus pares.
Nostalgia y el peligro del «FOMO»
Para el público adulto, el vínculo va mucho más allá del fútbol; es un viaje directo al pasado.
«No están comprando solamente láminas; están reconectando con una memoria emocional. El álbum actúa como un anclaje autobiográfico: el recreo, los amigos, el familiar que compraba sobres», explica el académico.
Sin embargo, esta edición tiene un ingrediente inédito que ha acelerado los niveles de ansiedad: las redes sociales y el fenómeno FOMO (miedo a quedarse fuera).
La otra cara de la moneda
El psicólogo advierte que esta sobreexposición y la necesidad de completarlo rápido puede traer consecuencias negativas:
- En niños: Puede gatillar frustraciones y comparaciones debido a las diferencias económicas.
- En adultos: La lógica del consumo acelerado de las redes puede favorecer gastos desproporcionados.
Una pequeña «resistencia»
Pese a los riesgos del consumo masivo, el fenómeno logra un «milagro» en plena era de la desconexión digital: volver a reunir a las personas cara a cara.
Las plazas y puntos de intercambio juntan a niños, padres y abuelos en un mismo espacio de negociación y cooperación.
“Reactiva experiencias humanas muy básicas que muchas veces echamos de menos, como reunirse, conversar y compartir rituales colectivos simples”, concluye Piñeiro.
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